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Tomando valor

En mi niñez me violaron continua y repetidamente, un pariente no mucho mayor que yo pero que sabía, mucho más que yo lo que hacía. Yo tenía 7 cuando todo comenzó y él 12, todo continuó hasta los 9 con golpes y amenazas de que todo se volcaría hacia mi hermana mayor, que no vivía conmigo.

Cerca de los 10 años me hice adicta a los videos juegos y ¿Cómo no? Era la única mujer en un grupo de hombres que acudía a jugar. Un hombre con la suficiente edad para ser mi abuelo, solía meter su mano debajo de mi vestido, por la espalda, hasta tratar de alcanzar mi calzón, a la fecha no he recordado si es que lo consiguió o no, solo que en ese momento no era malo. ¿Y por que no lo era? Me ofrecía fichas para jugar a cambio de dejarlo. ¿Había interés? Claro, incluso considerando lo que años anteriores me había ocurrido, dentro de mi cabeza al haber tocaciones, no era malo por que la violación es si misma, cubierta de golpes y amenazas era mucho “peor” ¿porque el peor entre comillas? Porque a esa edad, 10 años, yo ya lo había naturalizado. En algún momento pensé en decírselo al adulto que me cuidaba (familiar directo que me crío y me quiso toda su vida) hasta que en ocasión de una conversación sobre el asesinato de un hombre que abusaba de sus hijas, esta persona declaró: “cuando no lo dicen es porque hay niñas a las que les gusta”
Así que automáticamente, considerando lo reprochable que era esa conducta, me califique a mí misma como una niña a la que le gustaba. Llevaba ya más de un año sufriendo el abuso y solo en ese momento se había abierto a mí la posibilidad de decírselo a alguien, pero no pude, porque desde ese instante la culpa fue mía.
Los abusos continuaron.

Tuve, por lo tanto, lo que ahora se llama conducta sexualidad (y eso solo lo sé ahora, ya que jamás me vio médico o psicólogo alguno) desde niña, solía masturbarme y mucho. Así que con el tiempo la resistencia cambio por aceptación. No mentiré, en algún momento entre esos años de los 7 a los 10, algo en mi cabeza decía que incluso era bueno, me querían más así.

Luego me cambie de ciudad y el contacto con mi abusador se perdió. Me volví retraída y muy callada, casi tímida si no fuera porque era hostil, muy hostil. Mi aspecto cambió y decidí que no quería parecer mujer, justo en el momento en que me llegó la regla y mi cuerpo creció. De vez en cuando veía a mi hermana y me parecía enfermiza su fijación porque todos las vieran, me molestaba que fuera coqueta y más de alguna vez la califique como hueca. Si ella era así, yo sería todo lo contrario, si no fuera porque el pecho me creció habría pasado por un hombre.

Cuando tenía 12 años, en verano me interne en la feria cercana a mi hogar, solía ir sola y en una parte de la misma la calle se estrechaba tanto que la gente se apretujaba, un sujeto mucho mayor que yo se me puso detrás y metió su mano entre mis piernas.

Esa fue la primera vez que me asusté. Realmente me asusté, no era un familiar ni un viejo que se hacía pasar por mi amigo, era un adulto, al cual yo no conocía. Pensé en gritar y en pedir ayuda, luego recordé que yo era la culpable, que yo era de las niñas a las cuales eso le gustaba y me llené de vergüenza. Me quedé callada todo lo que duró ese pasillo, imaginando que no era él quien hacía eso, sino que… que era una bolsa de feria, que alguien detrás de mí avanzaba tan o más lento que yo, una mujer de preferencia y que la punta de su bolsa era la que me rosaba, cuando salimos de ese “pasillo” no miré atrás, no buque a nadie, sencillamente seguí mi camino en silencio hasta mi casa, cuando me preguntaron cómo me fue, solo contesté que bien.

Entonces tomé la costumbre de cubrirme aún más, usaba polerones anchos y también pantalones. Olvide los vestidos, shorts, siquiera hablar de traje de baños, nada, nada que pudiera decirle al mundo que yo los había incitado a hacerme lo que me hicieron.

Cuando iba en la media, en la micro otro gallo, esta vez de frente me agarró, me apretó contra uno de los últimos asientos, de pie los dos y se sobajeo contra mí, ya no tenía 12, tenía 15 y lo empujé, no me atreví a decirle nada, única y exclusivamente para no ser tachada de cuática, alaraca o… lo que fuera, pero si quería que supiera que yo no iba a tolerar esas cosas. Lo empuje y el solo se rio. Me bajé, no tenía intenciones de seguir su juego y él se bajó y me siguió. Avancé haciéndome la tonta, aunque él sabía que yo lo había visto. Entonces mi papá salió de la nada, de pura casualidad nos encontramos, no le conté lo del sobajeo, pero si le dije que un “viejo” me estaba siguiendo, no era viejo, a lo más tenía 25. Mi papá trató de buscarlo, pero no fue posible. Aún no sé por que no se lo conté, es decir toda la historia.

En otra ocasión caminando con una compañera vimos a un sujeto orinando en la calle, a plena luz del día, en plena avenida. Nos vio y no encontró nada mejor que girarse hacia nosotras con los pantalones abajo.
Volví a Santiago cerca de los 17, y me movilizaba en metro, había una chica extranjera muy, muy llamativa, un flaite quiso toquetearla y la mina no solo lo paró en seco si no que le rajó la cara con esas uñas gigantescas tipo esposa de mafioso italiano. El único pensamiento que tuve fue, pa que anda vestida así.

Cuando estaba en el instituto, con una compañera nos sentamos en el último vagón del tren que llegaba hasta Tobalaba, otro viejo nos sacó la lengua y nos dio risa, lo creímos borracho hasta que se desabrochó el pantalón y se sacó el pene. Nos paramos y nos fuimos hasta el principio del tren.

Para un 19 fuimos a ver la parada militar, mi hermano chico desfilaba en su primer año. Estaba yo con su mamá y mientras ella buscaba un lugar para verlo mejor, yo me quedé pegada a una valla para sacarle fotos, un hombre de unos 50 o más, hediondo se instaló detrás de mí, nuevamente no quise parecer “cuática” y no dije nada, luego vi que puso sus manos a ambos lados de la reja y comenzó a presionarse contra mí, mi reacción fue mucho más violenta, le estampé la cámara en la cara, esta vez él salió arrancando. Pedí disculpas a los que estaba cerca de mí, otra familia, porque al huir el sujeto los empujó. La mujer de ese grupo me apoyó. Y era la primera vez que algo así me ocurría.

Entonces, recién pasados los 20 años comencé a tener el valor de contestar, incluso agredir a quienes me hacían sentir mal o que podía tomar de mi lo que quisieran.
Un sujeto me invitó a salir en plena calle, después de mi trabajo, era sábado, invierno y de noche. Cuando le dije que no, me subió y me bajó a garabatos del cual maraca era el más suave. Otro me hizo señas porque estaba perdido y cuando me acerqué, de nuevo vino la exhibición. Desde el halago rica, hasta el insulto por no acceder, comencé a mandarlos a la mierda.

¿A que viene esto?

He leído mucho sobre como el movimiento “feminista” está plagado de odio al hombre, yo no lo hago y estoy segura qué muchas, miles que han pasado por lo mismo tampoco odian a los hombres, pero lo que si percibo es enojo, mucho enojo de parte de aquellos que creen que nada de esto; los toqueteos, los “piropos”, las invitaciones espontáneas deben ser aceptados si o si por las mujeres.

No odio a los hombres, estoy casada con mi novio de la media y tenemos familia, de los cuales dos niños son hombres. Pero si estoy harta de los grupitos de “machos” que leo completamente ofendidos acusando una “caza de brujas” en contra de sus héroes. Me sorprende leerlos tan enojados porque algo que consideraban natural, algo que no lo es y no lo será jamás.

Hace algunos días las acusaciones se centraron en Stan Lee, y de nuevo reflotó el caso de Woddy Allen, leí los comentarios en portales como emol y la tercera en donde solo hombres, acusaban de ser un acto orquestado, que ahora todo era acoso y que solo se buscaba el dinero, de aquellas que arrepentidas por trabajar con Allen ahora, solo después de ganar dinero estaban de acuerdo en denunciarlo. Yo me demoré 20 años en entender que debía enfrentarlo y defenderme 20 y eso fue gracias a que la educación que me dieron instaba a ello, instaba a que si una niña era violada era porque le gustaba. Creemos que como país hemos cambiado, y es cierto que en ciertas cosas Chile está mejor que hace 20 años, pero cada vez que pongan en duda lo que dice una mujer respecto de un acoso, por muy loca o “cuática” que esta sea, piensen que en las breves historias que les conté tuve hasta los 21 años, 14 acosadores y abusadores diferentes. 14.

Por ahí leí que toda mujer se ha sentido acosada en su vida, pero que ningún hombre jamás ha conocido a un acosador. Piensen en eso antes de poner en duda cada vez que alguien decida hablar.



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